Por: Mons. Ricardo Urioste
Esta Arquidiócesis ha tenido el privilegio –regalo
de Dios y de la Iglesia- de ser dirigida por excelentes arzobispos. En los
últimos cincuenta y seis años, hemos tratado directa y personalmente a tres de ellos.
Desde Monseñor Chávez y Monseñor Romero, los tres han constituido una
constelación mayor en el cielo de este país y de la Iglesia.
Atrevidamente, me introduje en sus habitaciones
privadas al día siguiente de su muerte. Sentí el deseo incontenible de hacerlo.
Sobre el respaldar de su cama había dos Cristos. En la pared, la fotografía de
sus padres. Muy cerca, un estante con fotografías de sus hermanos y hermanas y
sobrinos nietos, la Virgen de la Paz y de Guadalupe, fotos de Monseñor Chávez,
del Papa y en grande, San Juan Bosco. Como buen salvadoreño, junto a su cama,
un petate que usaría, quizás en las noches cálidas de nuestro trópico. Presidía
toda la habitación un cuadro grande de María Auxiliadora y su nombramiento de Obispo
auxiliar de San Salvador en 1960, a los 37 años.
En su estudio, María Auxiliadora de nuevo, San Juan
Bosco, el Papa Juan Pablo II y Monseñor Romero. Alrededor de mil libros en
diversos anaqueles. En su escritorio, la Biblia y comentarios en italiano del
evangelio de San Lucas, una hoja manuscrita sobre la homilía que diría el
domingo 27. Debió escribirla horas antes de su muerte. A un lado, una receta de
su cardiólogo y ocupando un lugar principal, un libro de actas que en su
portada dice: Diario de Monseñor Rivera,
Liber Septimus, (Libro Séptimo). Ha dejado, de su puño y letra, siete tomos
conteniendo su diario de Arzobispo. Un día, si así se determinara por quien
competa, se publicará.
El día anterior a su muerte fue a confesarse, como
lo hacía semanalmente. No encontró a su confesor habitual y fue en busca de
otro. En el cielo celebró el inicio del adviento y el inicio del tiempo sin
fin.
Gracias, Señor, por ese gran Arzobispo y concédenos
un pastor que siga las huellas de Jesús y de estos eximios prelados.


